Las mujeres y el riesgo de la libertad – Por Fernando Romero

Fernando Francisco Romero Fundación LIBRE

Si bien es noticia vieja, hace poco me he topado con un par de notas periodísticas que clamaban con tono algo jocoso el haber hallado la evidencia científica que explicaría el por qué los hombres son menos inteligentes que las mujeres. La nota del diario digital español El Confidencial, titulaba: “Ya es oficial, lo asegura la ciencia: los hombres son más estúpidos que las mujeres“. Refería particularmente a un estudio publicado en la British Medical Journal, en donde investigadores del Instituto de Medicina Celular de la Universidad de Newcastle (Inglaterra) habían determinado que los hombres son mucho más propensos a asumir “riesgos innecesarios”. El estudio se basa en casos de muertes absurdas y toda clase de accidentes ridículos en donde los protagonistas son por amplia mayoría hombres. Como el terrorista que abrió su propia carta bomba, o la de un sujeto que ató un carrito de compras a un tren para viajar más rápido, etcétera. Estos estudios vendrían a confirmar de igual manera algo que siempre ha permanecido latente como tópico en la cultura general: el estereotipo del hombre como un ser idiota e irreflexivo. Después de todo, ¿qué es sino un “pelotudo”?

Lo que se esconde no obstante detrás de estos casos extremos recolectados, es  la realidad de una tendencia general de los hombres a asumir riesgos en mayor proporción que las mujeres. No sólo ocupan los hombres una mayor proporción en puestos de alto riesgo (bomberos, ejército, policía) sino que también están más dispuestos a asumir riesgos en el trabajo.

De todas maneras, y sin tener la pretensión de hacer una suerte de “defensa gremial”, ni mucho menos, valdría sin embargo la pena apuntar que, bien pensado, esta característica riesgosa del género masculino, más que su estupidez, de lo que da cuenta es de una de las principales razones por las cuales el hombre ha ocupado una posición predominante y de protagonismo casi monopólico en todas las áreas del saber y el hacer humano desde hace al menos diez milenios, sino incluso más. Por lo menos en Occidente, desde la antigüedad, los personajes que impulsaron la civilización en todas sus facetas han sido predominantemente hombres. Desde las hazañas militares hasta el desarrollo del arte y el pensamiento.

Si reflexionamos a la luz de los estudios de la Universidad de Newcastle, iniciar una guerra de diez años contra Troya por el rapto de una princesa, arriesgando la vida de miles de soldados en el proceso, parecería ser un “riesgo innecesario” fruto de un cálculo estúpido. Lo mismo puede señalarse respecto a la idea de resistir con un pequeño centenar de hombres el avance de miles de persas en el desfiladero de las Termópilas. O qué decir de lanzarse al océano desconocido, arriesgando la posibilidad de ser devorado por bestias marinas o caerse del precipicio del mundo para conseguir especias más baratas, e ir en busca de un rey aliado inexistente (Preste Juan). Y todo ello por no hablar del otro “catálogos de estupideces” que podríamos hallar entre quienes a lo largo de la historia han desafiado los paradigmas predominantes para introducir nuevas ideas y descubrimientos, a riesgo muchas veces de perder prestigio, estabilidad económica o la propia vida.

Los riesgos naturalmente pueden conducir al desastre, pero también son los que corren las fronteras de lo posible, y por lo tanto, son una fuente de poder. Como en toda tierra nueva, los frutos son para el conquistador que asume el desafío. Ésta, más incluso que la capacidad muscular o la fuerza relativa, es la razón por la cual el género masculino, al ir conquistando y apropiándose de esos territorios de frontera, fue acentuando su protagonismo en todas las áreas abiertas al desarrollo humano, consolidando de esta manera su predominio sobre el género femenino, hecho tan denunciado por el feminismo hoy en día hasta en sus más intrincados detalles.

El capitalismo y el riesgo

No obstante, y al margen de esta rudimentaria hipótesis acerca del papel del riesgo, las teorías feministas contemporáneas carecen de un relato del todo sólido acerca del origen de la desigualdad entre hombres y mujeres. Descartados de plano por el feminismo moderno toda consideración sustancialista, biológica o espiritual, se ha abocado éste a ensayar las posibles causas en complicadas articulaciones discusivas, lingüísticas, políticas o económicas. Uno de esos ensayos señala al capitalismo y a la propiedad privada como el origen de la predominancia cultural y política del machismo.

Y sin embargo, es el capitalismo el que abrió a las mujeres los mayores espacios de poder y representación. Y no precisamente por contar con baterías de legislaciones de protección, discriminación positiva y cupos que protegen a las mujeres de todo riesgo. Sino más bien lo contrario. El capitalismo ha empujado a la mujer a enfrentarse con los riesgos de la vida económica y política como ningún otro sistema en la historia lo había hecho antes. El socialismo, al cual la mayor parte del feminismo apunta como paradigma de la igualdad y la reivindicación de los derechos femeninos, al definirse como la culminación de los conflictos y las luchas, como el auténtico “fin de la historia” (y por lo tanto de la política), ha congelado artificial y coercitivamente los riesgos movilizantes en las sociedades en donde se impuso. Poco tiene por lo que luchar una mujer en un sistema que ha ahogado toda conflictividad y en el cual todas las reivindicaciones han sido teóricamente satisfechas por un modelo de gobierno “científico”. Y por ende, tampoco tiene mucho para ganar, al no haber espacios que disputar o conquistar, al no existir fronteras que correr. Por esto, no nos debe sorprender, por lo tanto, la casi total ausencia de mujeres en puestos de poder dentro de los regímenes comunistas.

Pero volviendo al capitalismo, y más en realidad al liberalismo, donde el principio de libertad da posibilidad al libre juego de los conflictos sociales y políticos (principales motores de la historia), decíamos que la mujer ha sido mayormente expuesta a los riesgos de la vida independiente, aunque sin descontar por ello sus consecuentes efectos negativos. De hecho, el día internacional de la mujer, que se festeja en todo el mundo cada 8 de marzo, rememora el hecho trágico de un accidente laboral en donde murieron  un centenar de trabajadoras en Nueva York a principios del siglo XX. Resulta notable, a pesar de lo catastrófico del evento, que el día de la mujer se relacione con esta clase de accidentes laborales, que desde hace siglos se venía cobrando víctimas principalmente masculinas. De alguna manera, esa exposición a los riesgos más terribles de la vida laboral, marca trágicamente la entrada de la mujer en el mundo económico en situación de progresiva igualdad. Igualdad que naturalmente implica tanto sus ventajas como sus peligros. Y otro tanto podría decirse respecto a la lucha política por el sufragio, conseguido mediante esfuerzo y, otra vez, asumiendo todos los riesgos que supuso semejante irrupción en la vida política.

Las sociedades muertas conservadas en formol, en donde todos los conflictos son suprimidos por el totalitarismo o el adoctrinamiento forzoso, son espacios poco fértiles para que aquellos quienes se encuentran en cierta desventaja, conquisten espacios de poder que no poseen. Si algo nos enseña la historia, es que nada se consigue sin lucha, sin conflicto y sin un ejercicio firme de la voluntad. El hombre occidental ha conquistado terrenos que han ampliado los márgenes de la civilización, no a fuerza de superioridad intrínseca, de músculos, de virtud moral o de milagros, sino por medio de luchas y esfuerzos que implicaron enormes riesgos y sacrificios. La historia, de hecho, es un gran cementerio masculino. Nuestra civilización se ha edificado literalmente sobre una pila de cadáveres. He allí el peligro que siempre ha supuesto en la historia el ser varón, pero también la razón que explica el monopolio de poder masculino que la humanidad ha experimentado durante siglos. Y lejos de tratarse de una justificación, resulta esto ser no otra cosa que la verificación de una constante en la historia: la contraprestación por la toma de riesgos redunda en un incremento de poder. Hoy quizás la guerra no sea tan determinante como otros espacios a la hora de determinar este poder, y libertad mediante, las mujeres tienen mayores oportunidades como nunca de disputar terreno dentro de un sistema de mercado que está constantemente abriendo nuevos espacios, y en donde las más diversas habilidades tienen su desarrollo. Estos nuevos espacios son los espacios que conquistados, se constituyen en fuente de poder para quien sepa ocuparlos, asumiendo naturalmente, grandes riesgos en el proceso.

La alternativa de cerrarse a este panorama y envolver a las mujeres en un corpus cada vez mayor de legislaciones, regulaciones  “castrantes” y sobreprotectoras, sólo las apartaría de la legítima lucha necesaria para situarse en verdadera igualdad de poder con los hombres, sin necesidad de “prótesis” asistenciales. Porque esta actitud de sobreprotección, que se manifiesta en leyes de cupos, asistencialismos y discursos victimistas, en el fondo implica la idea subyacente de la mujer como sujeto en minoría de edad, y por lo tanto, no deja de ser a fin de cuentas, una condescendencia machista más hacia el “sexo débil”.

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