Recuperar los incentivos – Por Matías Luraschi

Matías Luraschi
Fundación LIBRE

Ha pasado poco más de un año y medio desde la llegada de Mauricio Macri a la Casa Rosada, y a pesar de haber realizado incontables promesas de mejoras en la actividad económica, ésta recién comienza a mostrar los primeros signos de una lenta y tímida recuperación. Así las cosas, tales promesas no resultan ser nada novedosas para aquellos experimentados que lucen cabellos de plata, ya que la Republica Argentina ha presentado durante las últimas décadas patrones de crecimiento erráticos, en los cuales existen años en donde se exhiben altas tasas de incrementos en la actividad económica, seguidas luego de recesiones o largos periodos de estancamiento.

Es por ello que, para comprender la razón de los constantes vaivenes de la economía del país debemos entender como funciona la misma, y para hacerlo, es preciso tener claro el rol fundamental que juegan los incentivos. Pero, ¿qué son los incentivos? ¿Cómo funcionan? ¿Y de qué manera afectan a la actividad económica? En resumidas cuentas, los incentivos constituyen un aspecto clave de nuestra racionalidad, los cuales operan como estímulos que inducen a una persona a hacer o no hacer algo. Un elemento importante de los mismos resulta ser su dinamismo, ya que éstos se modifican permanentemente de acuerdo al entorno en el que se ven inmersos. Así, las diferentes medidas que tome un gobierno modificarán los incentivos de las personas, incitándolas a iniciar, expandir, reducir o incluso cesar un proceso productivo. En síntesis, éstos suponen ser un espejo de las decisiones de política económica que tomen quienes dirijan un país.

¿Cuál es la situación de los incentivos en la Argentina? Desgraciadamente, la política económica implementada desde hace ya más de 70 años ha venido destruyendo sistemáticamente los incentivos para producir y radicar emprendimientos en nuestro país. Decisiones de política económica como la sustitución de importaciones, trabas al comercio internacional, derechos de importación y exportación excesivos, controles de cambios, rigidez del mercado laboral, entre otras, han causado que desde mediados de los años cuarenta nuestro país abandonara la senda de la previsibilidad y del crecimiento sostenido; bases del progreso de cualquier nación.

Sin embargo, la realidad argentina no siempre se presentó tan oscura como en el presente, ya que antes del establecimiento de estas nefastas políticas, entre 1880 y 1914 la Argentina logró conseguir el crecimiento ininterrumpido más largo de la historia hasta ese momento, promediando un 6% anual durante 34 años, cuando otras naciones como Alemania, Italia y Francia, hacían lo propio sólo al 3% anual. Ese crecimiento no fue magia, sino el producto del establecimiento de políticas económicas generadoras de incentivos, que a largo plazo lograron que una nación periférica, lejana e inhóspita pasara al centro de la escena internacional, posibilitando generar niveles de crecimiento económico nunca antes vistos y, con este último, mejoras en la calidad de vida de la sociedad toda.

De esta manera, para retomar el camino del crecimiento que otrora supimos conseguir, es preciso recuperar los incentivos que hagan atractiva la inversión de empresas tanto locales como extranjeras. Para ello debemos considerar la visión de quien arriesga sus ahorros y se expone a los diferentes periodos del ciclo económico, en donde la demanda de los bienes que éste produce a veces sube y a veces baja.

Un sistema rígido que impida importar insumos, girar remesas, contratar personal temporalmente cuando la demanda es alta o desvincularlo cuando la demanda es insuficiente, elimina los incentivos a producir, y con ellos, se alejan para siempre las posibilidades de progreso económico.

En contra de lo que establece cualquier sindicalista que defiende su posición de poder, la liberalización y la flexibilidad permiten adaptarse mejor a las diferentes circunstancias, establecen un panorama de mayor previsibilidad y lo más importante, generan incentivos para que produzcan quienes son en realidad los únicos que aportan verdaderamente a la actividad económica: el sector privado. La historia y la estadística así lo demuestran, todo lo demás es cuento.

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