Falencias del liberalismo argentino – Por Fernando Romero

Fernando Romero
Fundación LIBRE

Con la excepción de ciertos sectores de la izquierda y del denominado campo “nacional y popular”, suele haber un consenso en el hecho de que los mejores años de la Argentina como país se vivieron durante la etapa denominada del “modelo agroexportador”, es decir, entre 1880 y 1930. Fueron los años de la “Argentina potencia”, donde más cerca estuvimos de alcanzar el desarrollo. También fueron los años del mayor auge del liberalismo económico en nuestro país.

Aquella corriente de ideas supo transformar radicalmente nuestra nación, elevándola hacia cimas de desarrollo que generaron admiración e incluso pusieron en guardia a las potencias de su época. Un reconocido diccionario enciclopédico español en 1919 preconizaba que la Argentina “…está llamada a rivalizar en su día con los Estados Unidos de la América del Norte, tanto por la riqueza y extensión de su suelo como por la actividad de sus habitantes y el desarrollo e importancia de su industria y comercio, cuyo progreso no puede ser más visible.”

Y sin embargo el liberalismo, al menos el liberalismo explícito, pareciera haber quedado completamente olvidado en el panorama político argentino. En los últimos comicios de las PASO 2017, decenas de boletas de los más variopintos partidos políticos se dejaron ver en los cuartos oscuros: desde comunistas y troskos hasta nazis. El único partido medianamente identificado con el liberalismo, que llevaba a Roberto Cachanosky en las listas para la ciudad de Buenos Aires obtuvo apenas un 0,16% de los votos. Y no mayor es la suerte que han tenido algunos ensayos de partidos liberales en los últimos años, como el PLL (Partido Liberal Libertario), extinto en 2013, o el más reciente intento fallido de resucitar la antigua Ucedé.

¿Cómo es posible entonces que las ideas que tan lejos nos llevaron, padezcan ahora en la intrascendencia?

 

Liberalismo: de corriente de pensamiento a ideología.

Dejando de lado los abundantes embates contra las ideas de la libertad, acaecidos en nuestro país a lo largo de su historia, sobre lo cual por otra parte se ha escrito bastante, creo pertinente dedicar algunos pensamientos al liberalismo en sí, y a algunas evoluciones que ha tenido en las últimas décadas.

“Memes” capitalistas

Con el crack del 29 entra en crisis el liberalismo en todo el mundo, y en la Argentina el período del modelo “agroexportador”. El foco de esta crisis, de naturaleza económica, disparó una amplia producción intelectual dentro de la corriente liberal, centrada en desvelar las razones de este derrumbe, cuyas causas en principio se limitan al debate sobre lo estrictamente económico. Estos arduos debates, entre keynesianos, austríacos, neoclásicos y marxistas, hicieron de la cuestión económica el principal centro de gravitación de casi todas las corrientes ideológicas del momento. De estos intercambios, que en el fondo intentaban discernir tanto las causas de las crisis como los mecanismos probables para poder predecirlas en el futuro, fue cobrando fuerza un método de análisis, acuñado por la corriente neoclásica de principios del siglo XX, muy útil para poder predecir el comportamiento de los agentes económicos: el individualismo metodológico.

Desde entonces, la evolución del liberalismo giró cada vez más en torno a la visión economicista, que lentamente ha ido monopolizando prácticamente todos los espacios dentro del campo liberal. Este giro, que no es exclusivo del liberalismo argentino, se ha ido fortaleciendo especialmente a partir de la expansión del individualismo metodológico como herramienta de análisis predominante, ya no sólo en el campo de las predicciones económicas, sino a todo el espectro de la actividad social. Esta noción, como señalábamos, proveniente de la corriente neoclásica, rechaza toda categoría colectiva, como la clase, raza, nación, religión, cultura, etc. Y sostiene que todos los fenómenos son explicados exclusivamente por la acción de los individuos, que a su vez son concebidos como sujetos ahistóricos y aculturales, que actúan básicamente como agentes económicos que administran recursos y toman decisiones orientadas a maximizar ganancias y reducir costos.

Este evidente reduccionismo de la realidad social a las categorías de análisis propias de la ciencia económica limitó al liberalismo a un campo de acción delimitado, al mismo tiempo que el marxismo adoptaba una estrategia política más amplia, que huía del terreno de lo estrictamente económico para refugiarse en la cultura y lo social como plataformas de transformación política.

Si a esto, aparte, le agregamos una serie de casos de éxito económico reales en la aplicación de principios liberales alrededor del mundo, lo que tenemos es una deriva que considera que la discusión ya ha sido solventada por la praxis, y por lo tanto las cuestiones internas se reducen en gran parte a la formulación de un catecismo que se limita a dar cuenta de una serie de medidas que garantizarían el desarrollo. En una reunión del liberalismo argentino llevada a cabo en Córdoba hace unos años, pude comprobar las líneas generales de este pensamiento muy extendido en el ambiente: “nosotros ya tenemos la verdad, lo único que falta es aplicar métodos de marketing para venderlas…”.

 

La “ideologización” del liberalismo.

El liberalismo, entonces, parece haberse reducido a un conjunto de recetas que deben seguirse sin más y con independencia del contexto. Un simple recetario que contendría todas las “claves del éxito”, recitadas por los nuevos voceros del liberalismo en un estilo a mitad de camino entre los manuales de autoayuda para yuppies, el tono nefasto de las charlas motivacionales (coaching) y el tedio de las presentaciones de Power Point sobre balances contables.

La consecuencia de todo este proceso es una creciente “ideologización” del liberalismo. Es decir, concebirlo no como una herramienta de análisis de la realidad o una corriente de pensamiento, sino como un conjunto cerrado y preformateado de directivas, dogmas y recetas invariables e infalibles en todo contexto. El paroxismo de esta ideologización la aporta el objetivismo randiano, que eleva al sujeto del individualismo metodológico a la categoría de parámetro ético en la doctrina del “egoísmo racional”.

La ideologización, especialmente en ambientes anarcocapitalistas llega muchas veces a recordar la rígida moral “revolucionaria” de los grupos marxistas de los años 60’s, en donde hasta las más inocentes trivialidades eran fulminadas con el epíteto anatematizante de “prejuicio burgués”: “colectivista”, vendría a ser el equivalente libertario. Un pequeño ejemplo de tantos que podemos hallar, lo encontramos en un conocido meme que se ha viralizado ampliamente en los ambientes liberales y ancaps en las redes sociales, en la cual una maestra felicita a un niño por no compartir sus cosas con su compañera, a la que tacha de “socialista”. Ejemplos de esta naturaleza ilustran el espíritu de los preceptos subyacentes en la “ética” de este nuevo liberalismo, no recalando quizás, sus adscriptos, en el hecho de que una cosa es ser liberal, y otra es ser un miserable.

Y es que quizás uno de los aspectos más perniciosos de la ideologización, consistan en el proceso de proyectar los principios y criterios “macro” de cómo funciona y cómo debe ordenarse el mundo (atribución propia de toda ideología) hacia el terreno de la vida privada hasta en sus más íntimos detalles. Cruzados ese margen, la línea divisoria entre ideología y secta se vuelven progresivamente más difusa hasta desaparecer. Un ejemplo de esta deriva se dio hace unos cuantos años cuando, en una tertulia de randianos argentinos donde se debatía (seriamente) sobre si era aceptable que un padre incurriera en la violación del principio de no agresión para robar un matafuego y salvar la vida de su hijo (que se encontraba dentro de un auto ardiendo), o si por el contrario resultaba más consecuente con los principios de la libertad el abstenerse y respetar la propiedad privada, aún a costa de la vida de un ser humano en peligro… El sentido común sacrificado en el altar de la “coherencia ideológica”, ¿Deja-vú?

 

El liberalismo como corriente de pensamiento: Generación del 37.

Podría pensarse luego de lo expuesto, que el liberalismo poco tiene que hacer más allá de brindar recetas dentro del estrecho margen al que se ha visto acotado: economía y marco jurídico. Y sin embargo, si volvemos a aquel proceso de transformación radical que experimentó la Argentina, y que nos dejó al borde del desarrollo a principios del siglo XX, observaremos una faceta completamente distinta del liberalismo.

“Simplona”,” racista”,” eurocéntrica”, “cúmulo de prejuicios de época”,”caprichosa”,” violenta”, y sin embargo totalmente vigente.

Detrás de la generación del 80 y de la Constitución del ’53, durante la primera mitad del siglo XIX, se constituyó un grupo de jóvenes liberales que comenzaron a pensar la transformación del país en medio del hostil ambiente de la noche rosista. Planteándose como alternativa y proyecto de superación a la infértil disputa entre unitarios y federales, este grupo de liberales comenzaron a realizar, utilizando a las ideas de libertad como guía, un fino análisis de la realidad local para idear un marco propio de teoría y acción que inspiró la posterior transformación de nuestra nación. Curiosamente, este grupo de jóvenes, a diferencia de los revolucionarios de Mayo, no se enfocaron en las cuestiones económicas. Alberdi era un alumno de conservatorio que componía minués y se dedicó en un comienzo a escribir en una revista sobre moda y estética, antes de abocarse al estudio de los sistemas legales. Echeverría es considerado el primer escritor argentino, que en su obra El Matadero mezcla ficción con sociología política. Y finalmente Sarmiento, lejos de contentarse con esquemas ideológicos apriorísticos, nos legó en sus numerosos trabajos una minuciosa radiografía de la realidad social de la época. Este grupo, denominado posteriormente como Generación del 37, entendió ya en su tiempo que para lograr una transformación radical en orden con las ideas de la libertad, había que atacar primero las bases de sustentación más profundas: la demografía, la cultura y la educación. Poco y nada le ha dedicado este grupo de pensadores a la teoría económica en sí, y sin embargo, sus ideas sirvieron como fundamento para la mayor transformación económica que se experimentó, no sólo en nuestro país, sino en toda Latinoamérica.

El reduccionismo al que ha sido, valga la redundancia, reducido el pensamiento liberal en las últimas décadas, lo ha privado de herramientas intelectuales que le permitirían entender y descifrar muchos de los cambios sustanciales que amenazan con transformar radicalmente a Occidente en la actualidad, como la inmigración, el terrorismo, la ideología de género o el multiculturalismo. A su vez, también lo ha dejado sin la capacidad de advertir las nuevas estrategias que desde hace varias décadas ha venido aplicando la izquierda, transustanciada en marxismo cultural, para socavar progresivamente los fundamentos culturales y sociales que sustentan las bases sobre los cuales se asienta el liberalismo. Paradójicamente, lo que el marxismo cultural de mediados del siglo XX ideó como práctica subvertora en orden a aniquilar los fundamentos del capitalismo, no es otra cosa que el desandar del camino formulado por la generación del ‘37 en las mismas áreas.

Recobrar el legado de esta generación de pensadores liberales, a quienes podríamos con toda justicia calificar como promotores de un “liberalismo cultural” avant la lettre, resultaría particularmente útil para enfrenarse a un contexto en donde ya no operan con toda claridad las categorías políticas de la Guerra Fría, en la cual comunistas y liberales representaban dos campos claramente identificables y distinguibles. El marxismo ha corrido el centro real de disputa hacia aquellos terrenos de batalla fundamentales que supieron identificar los jóvenes de la generación del ‘37. Es preciso entonces contemplar y aprovechar la larga trayectoria del pensamiento liberal, de más de trescientos años de antigüedad, y no limitarla a las directivas de sus brazos más recientes, como suele suceder con algunos libertarios o austríacos que, desconociendo o incluso negando la larga historia del pensamiento liberal y todos sus matices, se parapetan sobre sus pequeñas parcelas a dictaminar quién es y quién no es un “verdadero liberal”. En este marco, concebir al liberalismo como una corriente de pensamiento, como una herramienta para analizar y transformar la realidad, resulta mucho más fructífero y pertinente que encerrarlo en los estrechos márgenes de la ideologización y el dogmatismo.

1 Comment

  1. Muy interesante… yo no me siento representado por absolutamente ningún partido ni corriente dentro de la Argentina, ni siquiera fui a votar, pero desde un par de años me siento más cerca de los “liberales conservadores” que de otra cosa. Tampoco me gusta mucho usar la palabra “liberal” por la connotación que tiene afuera de Argentina, creo que si digo que soy conservador sería más acertado.
    El problema que tengo con el liberalismo no es tal, no se trata de que el sistema progresista me haya hecho “asustar del malvado capitalismo”, todo lo contrario, es solo que asocio el término con otras cosas.
    Acá si está más usado para referirse a sectores de derecha, pero afuera son justamente los abanderados del marxismo cultural los que son denominados “liberales”, incluso el sitio de The Economist propone (o al menos proponía) en su “misión” la liberación de todas las drogas y el apoyo al matrimonio homosexual (esto lo digo solo porque si va alineado con al ideología de género).
    Sé que hay por lo menos cuatro corrientes diferentes dentro del liberalismo, así que este divagar no es para atacar a la ideología, es solo mi experiencia, la visión de alguien desprevenido que recién ahora es susceptible a ver esto de otra forma…
    Yo apoyaría sin problemas un partido con una ideología afín a lo que leo en este sitio, por ejemplo, pero creo que en realidad nunca hubo ningún partido ni corriente realmente liberal en Argentina. Me refiero a la tradición whig, yo creo que en realidad eran conservadores, que no asfixiaban al comercio. O librecambistas, pero no liberales en el sentido al que me refiero, y lo digo como algo bueno, no como un ataque. Igual, usar la palabra “conservadora” sería todavía más contraproducente para la imagen de un eventual partido que “liberal”, así que mejor no “arreglar” nada…

    Espero que esto crezca y llegue a algo en serio, saludos!

Leave a Reply

Your email address will not be published.


*