El progresismo en crisis – Por Fernando Romero

Fernando Romero
Fundación LIBRE

A riesgo (seguro) de dejar de lado futuros acontecimientos que nutran aún más esta tesis, en un año particularmente rico en novedades de toda clase (y que aún no terminó), creo apropiado comenzar a plantear el interrogante sobre si el progresismo se encuentra o no en una crisis terminal en nuestro país.

Y es que, el último año pareciera haberse ensañado particularmente con el “pensamiento progre”. La otrora intocable y hegemónica corriente ha sufrido importantes reveses, particularmente en los últimos meses. A las elecciones legislativas, en las que se vieron mermar las posiciones de todo el arco político de la izquierda (desde Stolbizer al kirchnerismo, pasando el trotskismo), se suman episodios que ponen sobre la mesa la legitimidad (durante mucho tiempo incuestionable) del progresismo como “ideología del bien”. Alguno de éstos son el fallido “operativo Maldonado”, enterrado definitivamente la semana pasada con el adelanto de las conclusiones finales de los 55 peritos de la causa, que echan por tierra la tesis de la desaparición forzada y desnudan la grotesca manipulación ejercida por los organismos de DDHH. Por otro lado, el “exabrupto” de Carrió hacia el “progresismo estúpido” en la Cámara de Diputados, y la crisis terminal del conglomerado de medios kirchneristas, último reducto de los progresistas refugiados de la orfandad de poder; se suman como señales inequívocas de la decadencia de un modelo de pensamiento que supo ser prácticamente incuestionable.

Hace unos años, de hecho, las críticas abiertas hacia el progresismo difícilmente se dejaban ver en los principales escenarios mediáticos, y mucho menos políticos. La mera insinuación de tal cosa era contestada con una catarata de epítetos (“facho”, “gorila”, “neoliberal”, etc.) que paralizaban y ponían a la defensiva a más de uno. Especialmente luego del 54% y el desembarco definitivo de la segunda fase del kirchnerismo: el cristinismo, de perfil más orientado hacia la izquierda progre y el setentismo reciclado. No se trató sin embargo de un fenómeno local. La “ola progre” pisaba fuerte en todo el mundo para aquel entonces: Obama, Zapatero, Bachelet, Lula, Chávez… etc.

Hoy, en un panorama que se proyecta pendular, opuesto al de aquella “primavera progre” que nos pareció eterna, las facturas comienzan a llegar. A la revisión en materia de corrupción que ocupa frecuentemente la agenda política, y a la creciente concientización, aún en espacios de la oposición, respecto de repensar un nuevo modelo económico más acorde con los tiempos modernos; deberíamos empezar a sumar, y pensar, en una revisión profunda de la hegemonía cultural e ideológica que aún pisa fuerte en el imaginario social, y más que nada, en los comunicadores mediáticos y políticos.

Cual frutilla al poste, la foto de Randazzo al fondo…

Afortunadamente este fenómeno de reevaluación se está comenzando a dejar ver. Muchos de los hitos que sostuvieron la hegemonía progre están empezando a tambalearse por acción de sus propios personeros que, desesperados por la angustia y el frío (cada vez más insoportable) experimentados tras el desahucio del poder, se abocan a quemar todos los cartuchos del arsenal simbólico que supieron elevarlos a la categoría de autoridades morales… Un ejemplo de esto fue el celebérrimo caso Maldonado: pretendida tragedia nacional y gran thriller de suspenso con un villano perfecto, que conjugaba dos de los tótems simbólicos del aparato representativo progre argentino: desaparecidos/dictadura y fuerzas de represión. El drama sin embargo, y luego de dos meses de interminables suspenso y mucha bruma (https://www.youtube.com/watch?v=qc8tqm4OzmA), devino abruptamente, por la fuerza inmisericorde de los hechos, y por la propia embriaguez del personal de reparto, en una jocosa ópera bufa.

 

La grieta y el progresismo.

Otra de las cosas que se han podido observar en esta espiral de decadencia, es que el progresismo resulta particularmente vulnerable a la “grieta”. Y es que su vocación va más allá de lo ideológico. No se trata de un conjunto de ideas o de políticas concretas que sirvan de sostén a un movimiento o partido político, sino que se trata del proyecto de construcción de una nueva moral trasversal, que se haga piel en el “sentir común” de todos los individuos, aún (y sobre todo) los no-políticos. La polarización conspira contra este proyecto. Y es que, al  decir de Gramsci, una ideología para convertirse en hegemonía cultural debe constituirse como un “sentido común”, y no como una opinión facciosa, fácilmente rastreable; como un “sentir general” y no como intereses sectoriales. La idea de articular un “sentido común hegemónico” radica justamente en generar la ilusión de “espontaneidad”, de “pensamiento popular”, de una “demanda de la gente”, y por lo tanto munida de una mayor legitimidad que trasciende los intereses políticos de coyuntura.

Parafraseando al personaje de Varys en la serie Juego de Tronos (https://www.youtube.com/watch?v=PxWq1iuCmng), que señalaba que “el poder reside donde los hombres creen que reside”; la “hegemonía cultural” al igual que el poder, se sostienen sobre la base de una ilusión colectiva. En el caso del poder, la ilusión enfoca las creencias colectivas de “poder” hacia una sola persona, institución o grupo reconocible. En el caso de la hegemonía cultural, la operación en cambio es difusa: la ilusión consiste en eliminar el foco y cubrir la mayor superficie posible de forma pareja y uniforme… “todos somos…”.

Cuando los intereses sectoriales y partidarios quedan en evidencia, en un contexto además en donde los “grises” tienden a desaparecer para dar lugar a posturas polares; ya no queda lugar para transversalidades, y todo se lee forzosamente bajo coordenadas políticas: el hechizo se rompe y la ilusión queda a la vista. Esa es la razón por la cual el progresismo, en la medida en que siga vinculado y asociado a personajes “calcinados” como Vervitsky, Eve de Bonafini, Carlotto, Zaffaroni, el elenco de Carta Abierta (etc.), las “mujeres en luchas”, los “artistas militantes” o los troskos, pierde progresivamente poder e influencia en la formación de opinión.

Distinta es, en cambio, la situación cuando el progresismo se ve capitaneado por los “garrochistas de la grieta”. Personajes de imagen cuidada que saben manejarse en casi todo el espectro, generando adhesiones en distintos “bandos”. Por ejemplo, una Hinde Pomeraniec, quien supo oscilar entre Visión 7 internacional, las usinas del kirchnerismo progre y las juventudes comunistas por un lado; y las redacciones de Clarín, Infobae y La Nación por el otro. La principal artífice y promotora del “Ni una Menos”, consigna que supo agrupar a casi todo el arco político y mediático, y que fuera (viéndolo en retrospectiva) una de las más importantes cabezas de playa para desembarco del feminismo radical en el país.

Otro caso serían los de María O’Donnell, Margarita Stolbizer o Isabel Sarlo, Ismael Bermúdez, y en general todos referentes del progresismo que supieron salvar la ropa a tiempo, ya sea rompiendo con el kirchnerismo o denunciándolo en su momento. Al fin y al cabo la “grieta” no se trata de una división clara en términos ideológicos, sino de una escisión marcada por el kirchnerismo/antikirchnerismo.

Las modas son las modas…

 

¿Hacia una nueva hegemonía?

El interregno dejado por esta aparente retirada del progresismo, como vara moral hegemónica, abre numerosas posibilidad y plantea algunas interrogantes. Una posibilidad es la de reemplazar el “relato” progre con algún otro parámetro, que de alguna manera sirva de referencia moral y cultural.

¿Podría ser el liberalismo este punto de referencia? A lo mejor. De hecho, en este último año pudimos observar una fuerte irrupción de importantes figuras del ambiente liberal en el panorama mediático y comunicacional; quienes han logrado capturar la atención de importantes sectores de la audiencia, rehabilitando un mensaje que durante más de una década estuvo condenado al ostracismo. Nos referimos principalmente a Javier Milei y José Luis Espert, pero también a Giacomini, Etchebarne, Cachanovsky, entre otros. Como se puede observar, todos personajes provenientes del ámbito económico. La pregunta inevitable es: ¿Alcanza con el discurso económico para construir un nuevo marco cultural que pueda servir de referencia trasversal para todo un país?

Como sugerí en un artículo anterior (http://fundacionlibre.org.ar/2017/08/21/falencias-del-liberalismo-argentino-por-fernando-romero/) sobre el economicismo liberal, me temo que no alcanza. Y lo que es más, a día de hoy el liberalismo no posee ni siquiera las herramientas suficientes como para siquiera intentar disputar, en serio, el vacío dejado por una posible retirada del progresismo. Ya que a pesar de los reveses político-judiciales y la merma de credibilidad, las principales atalayas de la cultura continúan aún bajo ocupación “progre” (universidades, centros culturales, gremios de artistas, agrupaciones de intelectuales, etc.). El espectro de la derecha permanece inerme para afrontar una batalla cultural, además, por su vocación frecuentemente monotemática (economía en el caso del liberalismo; moral en el caso del conservadurismo). Tal es así, que de hecho las principales críticas hacia el progresismo en el último tiempo (aquellas que han puesto el tema en la mesa de discusión), han venido de la mano de progresistas o ex-progresistas desencantados (Lanata, Jorge Fernández Díaz, Fernando Iglesias, la propia Carrió, etc.).

Si no es el liberalismo entonces, ¿cuál será el sector ideológico en condiciones de capitalizar este posible interregno cultural-hegemónico? Pues acá tampoco se dibujan muchos candidatos. El conservadurismo tradicional de corte religioso no parece estar en condiciones de hacer demasiado frente al progresismo, menos aún con Francisco a la cabeza (quien desde un principio ha operado por y para el progresismo más radicalizado en nuestro país, junto con buena parte del clero nacional). Y por otro lado, las fórmulas que ganan peso en el exterior, como la “alt-right” o la nueva derecha al estilo polaco o húngaro, son aún platos demasiado fuertes y exóticos para el paladar argentino. ¿Qué nos queda entonces?

 

Progresismo 2.0

“Cambiemxs”…

No es un secreto el hecho de que Cambiemos carezca de un proyecto cultural sólido. Las acciones de este gobierno demuestran que su espectro ideológico oscila generalmente entre una tímida centro-derecha, que siempre termina en centrismo tibio, y una centro-izquierda que no guarda empachos a la hora mostrarse explícitamente como izquierda progre radical, cada vez que tiene la oportunidad.

Las ocasiones que ha tenido el oficialismo para poner seriamente en discusión alguno de los pilares del relato progre, como los famosos 30.000 desaparecidos, han terminado en una ley (votada por el oficialismo) que oficializa el relato en cada documento público. ¿El conflicto con el terrorismo mapuche?: prórroga de 4 años en la ley de tierras indígenas, que habilita en numerosos casos el fraude llevado a cabo por organizaciones sediciosas e indigenistas radicales, capitaneadas discusivamente por la izquierda. ¿La baja de la imputabilidad para menores?, ¿el protocolo anti-piquetes?, ¿los subsidios millonarios a las organizaciones parasitarias de planeros y punteros políticos?, ¿los subsidios al INCAA y demás corporaciones “artísticas” copadas por la izquierda?, ¿los ñoquis del kirchnerismo?: bien gracias.

El viernes pasado publicó la periodista Laura Di Marco, un interesante artículo en La Nación (http://www.lanacion.com.ar/2083004-un-plan-del-gobierno-para-deskirchnerizar-los-derechos-humanos) en donde se revela un proyecto del gobierno para “deskirchnerizar” los derechos humanos. Es decir, esterilizar el relato progre y, sino apropiárselo (cosa que se ve muy difícil), al menos transformarlo en un terreno neutro. En consignas que vuelvan a ser transversales, como las que supo proponer Hinde Pomeraniec: “una que sepamos todos”.

En definitiva, ese pareciera ser el rumbo elegido por el gobierno de momento: rehabilitar el progresismo, ni aunque sea para que al menos no siga generando dolores de cabeza como los de la operación Maldonado.

 

Demanda de derecha.

No obstante, lo que muchos de los popes de la estrategia política y comunicacional no alcanzan a vislumbrar, por el momento, es que a pesar de la ausencia de jugadores fuertes en el ámbito de la “derecha cultural”, la demanda sin embargo está ahí, se hace ver en ocasiones y crece día a día. Es notable como en las redes sociales, las editoriales “progres” de los principales diarios (algunos de ellos pretendidamente de “derecha”) se ven frecuentemente asaltadas con reacciones negativas y comentarios poco amistosos, al igual que algunas manifestaciones pretendidamente demagógicas de algunos políticos del gobierno, que son interpelados por sus propios votantes cuando son sorprendidos sobreactuando progresismo.

Aun así, la ventaja de Cambiemos hasta ahora reside en el hecho de que no existe fuerza política de significancia que lo corra por derecha. Es decir, que sea capaz de capitalizar esa demanda latente. El candidato que más cerca estuvo de tomar esta postura fue Sergio Massa, quien finalmente jugó mal sus cartas vinculándose con el progresismo casposo de una Stolbizer, y tomando la decisión de “ir a lo seguro”, corriendo al gobierno de Macri por izquierda; sin tener la sabiduría de entender que ese mercado ya estaba suficientemente atendido por la práctica totalidad de la oferta política. Y así le fue.

El tiempo irá diciendo si el progresismo sobrevivirá, decaerá finalmente o renacerá bajo el paraguas del macrismo. Ello sin embargo no debe desviar nuestra atención acerca de esa demanda latente por un nuevo discurso que supere el ya agotadísimo relato progre, que se sigue y seguirá reciclando en la medida en que no tenga en frente un contra-relato capaz de disputarle terreno. Con el triunfo de la derecha, este domingo que pasó, en las elecciones chilenas, el mapa político sudamericano (completamente rojo hace unos pocos años) termina de dar un giro de 180 grados hacia la derecha. Se abre un nuevo ciclo en la región, y su sustentabilidad dependerá (además de la solidez de los programas económicos), de una nueva narrativa que sepa orientar el sentido común de nuestras sociedades (bastante distorsionadas por años de populismo y demagogia de la peor especie) hacia un tipo de cultura cívica madura, amigable con la libertad, los mercados y las instituciones.

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