Mentiras y contradicciones tras el relato abortista – Por Horacio Giusto

El debate sobre la despenalización  del aborto abre una nueva grieta en la sociedad argentina. La misma ya no se traduce en términos políticos o ideológicos, sino que recae en la moral misma de las personas. Ante este panorama resulta siempre oportuno esclarecer algunas cuestiones, que parecen haber sido obviadas deliberadamente en las posiciones Pro Aborto. Por ello es útil considerar en primer lugar que el aborto causado sobre la persona por nacer implica el despliegue de una técnica que, desconociendo los principios esenciales de la ética, elimina en forma permanente una vida humana.

El Hombre es una unidad que abarca tanto la naturaleza humana propia como su interacción social, es decir, es un complejo amalgamiento entre biología y cultura. Uno puede discutir si una persona posee limitaciones a ciertos derechos en función de terceros, y eso hace la vida en sociedad, pero tanto el origen de la vida como la muerte son hechos naturales que se corroboran científicamente. El origen de la vida humana se da en el proceso de fertilización. Ocurrida la misma, el desarrollo subsecuente continúa de una etapa a otra, en un orden sistemático dirigiéndose hacia una división, la mórula, al blastocito, al desarrollo del disco embrionario, y así a características identificables como la línea primitiva, pliegue natural y tubo neural. Todos los estadíos por los que pasa el embrión son necesarios y dependientes siempre del anterior, por lo que la secuencia continua de cada etapa muestra el desarrollo de una vida nueva. Cabe destacar que el cigoto, resultado de la fusión de las células sexuales, posee una dotación genética completa desde la cual se desarrolla el embrión, además de que la estructura genética del mismo difiere de las que poseen los aportantes de los gametos.

A pesar de que el embrión posee su propia organización celular desde el origen y un proceso de metabolismo a partir del cuarto día de existencia, siendo que tales hechos son elementos determinantes para definir el concepto “vida” desde la biología, los sectores pro aborto suelen aducir falazmente que no posee derechos individuales la persona gestada por ser “inviable”. Los defensores de la postura que esgrimen la “inviabilidad” del embrión sin la presencia materna caen en una falacia de carácter ontológico. No debería confundirse una cuestión accidental con lo sustancial. La carga genética diferencia de otra persona y determina el origen de una individualidad, siendo esto el aspecto determinante para la prerrogativa principal del que emergen los demás derechos. El embrión humano posee un dinamismo único del cual emergen nuevas características, pero siempre son resultado de un programa ordenado de auto organización. La fecundación del óvulo por el espermatozoide da lugar a la célula más especializada que pueda existir; jamás habrá otra célula con las mismas instrucciones a lo largo de la vida del individuo y eso hace a lo sustancial de la vida embrionaria humana. Es cierto que existen elementos foráneos a la vida gestada que influyen marcadamente en su desarrollo, como lo es aporte de la hormona T4 materna antes de que el embrión pueda expresar su propia T4. Si bien hay elementos que aporta el exterior, que permiten la expresión completa del programa genético del embrión, nunca debe olvidarse que tales elementos sólo producen la capacidad ínsita en el gen; es decir, la persona por nacer ya posee un diseño y los receptores necesarios para proseguir tal plan genético.

Respecto a la diferenciación genética como punto de partida de la noción “persona”, muchas veces se ha desmerecido tal argumento por el fenómeno biológico de la gemelación. Se suele negar la existencia de la vida humana desde la concepción por la posible existencia de generarse gemelos naturalmente. Para esta postura, la imposibilidad de división es lo que define la existencia firme de un algo viviente. Los gemelos uniovulares (en distinción a los biovulares, también conocidos como mellizos) son resultado de la multiplicación de un huevo fertilizado del cigoto en dos células hijas, ambas con material genético idéntico ya que provienen de la misma célula. En este punto es preciso aclarar que en la fertilización del óvulo ya hay origen a un individuo y luego aparece otro con el mismo plan genético. En términos biológicos, la individualidad no remite a la imposibilidad de división. La individualidad implica una existencia a través de sus propias estructuras y funciones. Es oportuno remarcar que el genotipo de dos personas pueden ser idénticos, mas no su fenotipo, es decir, la expresión del genotipo en el ambiente nunca será igual en los gemelos. No se puede caer en el falso dilema de querer separar genotipo y fenotipo para desmerecer la vida humana desde su concepción, ya que el embrión es una persona en proceso de desarrollo sistemático que posee múltiples expresiones de acuerdo a su propio plan genético y a los estímulos externos, dotándola de una individualidad original.

En rigor de verdad, la mera existencia de una estructura genética diferenciada de un tercero no es razón suficiente para hablar de persona, pero sí es razón necesaria. Esto es así por cuanto “persona” es una noción que supera lo meramente material, aunque la corporeidad es un elemento constitutivo de la misma. El emerger de una vida original, única e irrepetible, se da en el momento de la concepción como hecho natural corroborable. Hacer depender de plazos la existencia física de una persona sería algo meramente arbitrario que haría depender la dignidad humana propia del criterio circunstancial de un tercero. Una vez fecundado el óvulo, hay una vida que posee ya un destino (en términos de biología) irrenunciable y personalísimo. Comienza desde ese momento un plan coordinado, continuo y gradual de desarrollo de la persona. Esto genera la imposibilidad de interrumpirse el mismo, ya que dicho proceso no puede ser reanudado posteriormente, porque tal individualidad ha sido destruida. Todo ser humano tiene un comienzo y un fin; no existe un “limbo biológico” en el que hay células humanas inertes (sin vida) y que repentinamente se transforman en energía vital para formar una persona.

Así se llame embrión, feto, cigoto, o cualquier denominación que culturalmente se decida, el hecho natural de una nueva existencia no cambia. Es claro que el embrión plausible de una práctica abortiva pertenece a la especie humana, pero la gran disputa sobre el que se asienta el aparato propagandístico pro aborto es respecto a si allí hay una vida completa e individual. A esto se le ha de responder explicando que la persona por nacer, desde el inicio de su vida en la concepción, posee un dinamismo autónomo unitario, con su propia finalidad y con un cuerpo orgánico cuya carga genética está diferenciada de otro ser vivo. La fecundación del óvulo es un proceso irreversible en el cual se origina un sistema que actúa como unidad; la Academia Nacional de Medicina es constante en su afirmación al sostener que la nueva célula formada (cigoto) posee su propio patrimonio cromosómico que programa biológicamente su futuro.

Una vez establecido el origen de la vida humana, cabe analizar si en el ideal de la coexistencia social, es moralmente válido arrogarse la potestad de eliminar una vida inocente. En la tradición argentina, se entendió que el crimen del aborto debía tutelarse penalmente al ser una ofensa al bien jurídico “vida”. Esto significó que el aparato coercitivo del Estado cumplía su más legítima función, la de brindar seguridad a sus habitantes para que la vida propia, prerrogativa fundamental de la que dependen los demás derechos, no estuviera sujeta a la arbitrariedad de un tercero. En este punto es preciso considerar algunos detalles al respecto. En primer lugar es que las personas están inmersas en cientos de ordenaciones sociales (tradiciones que hacen a la vida en sociedad, como el lenguaje, la moda o los usos y costumbres de cada lugar); a partir de ahí, el Estado elije (en forma despótica o a través de un camino institucionalizado como el Parlamento) cuales ordenaciones serán elevadas a la categoría de Derecho. Cuando el Sistema Jurídico reconoce un Derecho, esto se traduce en que el aparato estatal que posee el monopolio de la fuerza legítima podrá compeler al cumplimiento de una ordenación. Entonces, si uno tiene reconocido el derecho a la vida, el Estado ha de procurar que nadie vaya a atentar contra la prohibición de matar. Esto no significa que sea imposible que alguien mate un ciudadano, sino que se intenta prevenir el daño y eventualmente acaecido el hecho, se activarán los mecanismos para aplicar las sanciones pertinentes. Hay bienes jurídicos, como el derecho a la propiedad privada, que si son afectados pueden a posterior ser restituidos o compensados. Sin embargo, la Vida como derecho, una vez que se pierde no puede ser recompuesta. A partir de allí es que se sostiene que el sistema legal tenga como base, el tutelar en primer orden la vida humana aplicando las sanciones más gravosas a quien atente contra ella como forma de desalentar tal conducta. Si se legaliza el aborto, lo que subyace, es la facultad legal de una persona a destruir la vida de otra en razón de su etapa de desarrollo. A riesgo de redundancia, vale remarcar que se estaría utilizando recursos económicos y burocráticos de todos los contribuyentes de un país para que un ser humano pueda aniquilar a otro.

En la actualidad, la puja por la legalización del aborto ha saltado del debate público al parlamentario, orientado siempre por una hegemonía progresista que ha desmerecido todo argumento científico. Ya sea con cifras inventadas o apelando a falacias sentimentales, un tema tan serio fue respaldado por pintorescos artistas pro aborto, que ocuparon más espacio mediático que los reconocidos abogados, doctrinarios y médicos que optaron por la defensa moral de la vida. Es un debate injusto para aquellas vidas que estando en el seno materno no pueden expresarse respecto a su deseo de nacer, por lo cual se viola el principio de “in dubio pro vita”.

En una sociedad hedonista que, lejos de preocuparse por las mujeres en estado de desnutrición o víctimas de crímenes, se inclina por legitimar el filicidio, nada es sorpresivo ya. Independientemente de la clase social, lo que es moralmente incorrecto subsiste más allá de que alguien delictivamente pueda encubrir su crimen; pero esta noción parece ser obviada por quienes sostienen que se debe legalizar un crimen para que no mueran las mujeres pobres que no acceden a un sistema de salud digno. Al respecto hay que realizar tres aclaraciones. En primer lugar, quien aborta y por sus recursos económicos puede encubrir sus delitos realiza un doble crimen, el aborto por un lado y el encubrimiento por otro; esto no significa que deba haber una venia legal para que la mujer pobre puede realizar el mismo crimen. En segundo lugar, la cultura de las personas en situación de vulnerabilidad suele presentar un mayor respeto a la vida de sus hijos, es incluso perverso colgarse de la necesidad material de una persona para defender una cuestión ideológica; la persona pobre requiere de un sistema económico que le permita ingresar al mercado, no que se legalice matar al fruto de su vientre. En tercer lugar, no se puede hablar de sistema de salud en el que una vida es exterminada por mero deseo de su progenitora; es impensado que una vida entre a un hospital y al salir como residuo patógeno, se considere este acto como un progreso para la dignidad humana.

Menos de cincuenta mujeres por año mueren por aborto según estadísticas del propio Estado. Pero la hegemonía mediática insiste en adulterar datos para llevar adelante como política estatal una cuestión meramente ideológica. Si hubiera un interés genuino en proteger a la mujer se debería en primer lugar erradicar el garantismo penal que deja en libertad a sujetos que, reincidentemente, destruyen familias enteras con su actuar delictivo.

A pesar de que hay un sector que se opone firmemente al aborto,  la actual sociedad hedonista parece dejarse llevar por una causa netamente feminista. Si alguien desea saber cómo ha sido posible que ante la evidencia científica haya avanzado tanto la postura pro aborto, la que carece de todo principio ético, simplemente le basta leer “La Propaganda Política” de Domenach.

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