Psicoanálisis y Feminismo: ¿un matrimonio contra natural? – Por Mariana Cecilia Margo

El Psicoanálisis no tiene nada que ver con comprender el padecimiento sino con encontrar claves de interpretación del singular inconsciente de cada quien, determinado por los significantes que recortan una historia que siempre es subjetiva. Estamos cifrados en un código inconsciente hecho con las palabras y las letras de nuestra lengua materna.
El inconsciente, postulado por Sigmund Freud, sigue siendo el concepto más revolucionario de la psicología moderna.
El inconsciente no es una parte del cerebro. No sale en ninguna tomografía. No está ni en el hipotálamo ni en ningún otro lugar del cuerpo.
El inconsciente es un arcoíris: sólo se materializa cuando se juntan el decir de un ser hablante y la escucha de un analista.
El inconsciente es un cuerpo de palabras que nos habita. Más que de imágenes o recuerdos, el inconsciente está hecho de sonidos y frases oídas, esbozos significantes sin una significación clara.
Me gusta pensar que el discurso inconsciente es la música del sujeto y que un buen analista tiene que tener «oído» y saber interpretar.
Lo inconsciente es lo que se puede leer “detrás” del sentido manifiesto de un dicho, un olvido, un sueño, un acto fallido, un síntoma de una persona.
Lo inconsciente es eso que no quisiste decir, que se te escapó sin querer o que olvidaste justo cuando comenzabas a hablar de lo que te está pasando.
Que tengamos un inconsciente significa que hay saber no sabido en uno pero también que -a veces- uno niega lo que ya sabe.
Siempre hay algo en reserva en lo que se dice y. sin embargo, si sabemos escuchar, eso habla; es lo que el Psicoanálisis nombra inconsciente.
En el chiste, el lapsus, en los sueños, Sigmund Freud descubrió un más allá del decir; en ello se sostiene la hipótesis de lo inconsciente.
Sin la conjetura (necesaria) de la existencia de un inconsciente, la explicación de la conducta humana se vuelve pobre.
Sigmund Freud ubicó que no hay representación inconsciente de la muerte y tampoco de la diferencia sexual, lo que se inscribe es la presencia del pene o su falta.
El inconsciente no es ni machista ni feminista: se organiza a partir de presencia y ausencia, por eso el falo es su organizador. ¿Por qué? Porque tanto la niña como el niño primero simbolizan la vagina como falta de pene, que es lo que se pueden representar mentalmente.
El pene no se puede interpretar luego como ausencia de vagina. Un niño lo que no puede representarse es el agujero.
Es posible que los cambios culturales puedan producir cambios en la percepción pero lo que la observación de niños indica aún hoy es que la primera forma de simbolizar la diferencia de los sexos es por presencia o ausencia de pene.
Algo que suele estar malentendido del Psicoanálisis es el concepto de Falo-Castración como eje organizador de la sexualidad.
Es importante aclarar este punto de la teoría psicoanalítica que lleva a algunos a tacharla de machista y falocéntrica por hacer del falo el objeto significante alrededor del que se organiza la sexualidad.
Se piensa equivocadamente que la idea de “falo” nace de un preconcepto machista; en realidad se trata de un articulador lógico para hombre y mujer.
En esa crítica se olvida que el falo no vale menos por su ausencia que por su presencia; no hay «déficit» en la mujer por no tener pene.
El falo es el significante sexual, no por machismo sino porque la psiquis —al igual que el lenguaje— funciona a partir de oponer presencia y ausencia, por lo que se organiza a partir de la presencia del pene y significa a la vagina como ausencia de pene.
Así como la mujer organiza un cuerpo en relación a una ausencia, el hombre debe hacerlo respecto de una presencia pero la pura verdad es que, lejos de tener el falo por portar un pene, el hombre está simbólicamente tan castrado como la mujer.
Hombres y mujeres somos iguales ante la castración, sólo que unos se organizan desde el tener un falo (imaginario) y otras desde la falta de falo (imaginario), presencia y ausencia.
Que la psiquis se organice a partir del falo para dar cuenta de aquello que no se puede representar, no es ni bueno ni malo, es simplemente un dato de la observación.
Jacques Lacan toma como punto de partida la fórmula hegeliana “el deseo humano es el deseo del Otro”, fórmula que tiene varios sentidos, no necesariamente opuestos entre sí.
Por una parte, el deseo es esencialmente “deseo del deseo del Otro”, deseo de ser objeto del deseo de otro (y deseo de reconocimiento por parte de otro).
Por otra parte, el sujeto desea en tanto Otro; o sea, desea desde el punto de vista de otro. Lo que hace que un objeto sea deseable no es que posea alguna cualidad intrínseca sino el que sea deseado por otro.
Ambas definiciones se relacionan: el deseo humano es deseo de reconocimiento porque, al desear lo que desea otro, puedo hacer que el otro reconozca mi derecho a poseer ese objeto y, así, que el otro reconozca mi superioridad sobre él.
El deseo surge, originalmente, en el campo del Otro; es decir, en el inconsciente. Esto equivale a decir que el deseo es un producto social; se constituye en una relación (dialéctica) con los deseos percibidos de otros sujetos.
El deseo no es una relación con un objeto sino la relación con una falta.
Que el deseo del hombre sea el deseo del Otro significa que el deseo específicamente humano tiene como único objeto el deseo del Otro, y no un objeto en el mundo, y que además es deseo de ser reconocido por este Otro. Esto es lo que Lacan retoma de Hegel, a través de Kojeve, la novedad es que él la aplica al deseo inconsciente. Nada menos.
Lacan sostiene esto al comienzo de su enseñanza, y afirma que el reconocimiento del deseo se hace sólo por la mediación de la palabra.
Retomando lo anterior: el deseo es deseo de un deseante, deseo que él me reconozca y en cuanto al deseo del Otro es, sin ninguna ambigüedad: su deseo es de ser reconocido por mí. Pero si él espera lo mismo de mí, ¿cómo podría yo sentirme suficientemente reconocido por él? No podrá haber otra mediación que la violencia.
Con esto, señala Lacan, Hegel no le otorga al amor -como vía de reconocimiento-, ningún valor y por ello, no le da lugar a la angustia. Mutuo e inmediato, el reconocimiento que ofrece el amor es para él de orden particular, privado y no ético, porque no se expone a ningún riesgo mortal. De la misma manera, la angustia es juzgada como sin interés en la dialéctica del sujeto y del Otro, excepto el miedo que está en relación con el riesgo.
Tanto para el hombre como para la mujer, el problema radica en incluir lo femenino, que se rechaza.
No hay nadie que niegue más la condición femenina que las feministas que pretenden igualar lo femenino a lo masculino.
El feminismo radical actual maltrata y degrada a la mujer porque no sabe cómo lidiar con lo femenino y maldice al hombre porque no sabe cómo nombrar lo que no tiene.
El discurso feminista transforma el problema de la “violencia de género” en una guerra contra los hombres.  Hay una nueva moral sexual: la moral sexual feminista setentosa que confunde lucha por la igualdad con censura de lo masculino (esto es edípico).
La obra de Lacan no puede contribuir mucho a los nuevos conceptos feministas sobre el género. Sostiene que la identidad de género es una construcción puramente cultural, que surge como consecuencia de la lucha edípica o, de forma más precisa, del complejo de castración inconsciente.
El género parece estar constituido y marcado por la castración, y se obtiene a través de la relación con el falo. Como significado (sujeto), se es inscrito dentro y/o fuera de la función fálica. El complejo de castración instala al sujeto en “una posición inconsciente sin la que sería incapaz de identificarse con el tipo ideal de su sexo o responder sin un riesgo grave para las necesidades de su pareja en la relación sexual o incluso recibir de forma adecuada las necesidades del niño así procreado”.
Sin embargo, la obra de Lacan es profundamente antifeminista en su contenido e implicaciones. Parece irónico que algunas escritoras (Jane Gallop en su libro “The Daughter’s Seduction: Feminism and Psychoanalysis” o Juliet Mitchell y Jacqueline Rose en “Feminine Sexuality”) hayan declarado que el análisis lacaniano es el planteamiento psicoanalítico más útil para la teorización feminista.
Para hablar se debe entrar en el reino de lo simbólico y ser constituido por él: el juego de los significantes y significados y el “significante universal” (el falo).  Quienes no tienen acceso al falo y, por ello, al mundo de la cultura y el lenguaje (lo simbólico), son llamadas “mujer”:
“La mujer sólo existe en tanto que excluida por la naturaleza de las cosas que son la naturaleza de las palabras, y ha de decirse que si hay algo de lo que se quejan bastante en este momento, es sin lugar a dudas de que sólo ellas no saben qué están diciendo, que es toda la diferencia entre ellas y yo”.
La “mujer” no es “un todo”; es el “conjunto vacío”. La mujer en sí no existe y (…) no significa nada. La mujer es el elemento binario necesario opuesto al falo. Su “carencia” significa “no ser un todo”, sin lo que la significación no sería posible ni necesaria. El descubrimiento del niño de la carencia en la madre le fuerza a reconocer las “grietas” que, de forma invariable, existen entre las personas.
Hablar indica esta grieta y tiende un puente sobre ella.
La “esencia” de la mujer como “no todo” afecta profundamente su sexualidad. “Tiene, en relación con lo que la función fálica designa jouissance , un jouissance complementario”. Sin embargo, debido a que éste está más allá o fuera del mundo de lo simbólico (lo fálico), la mujer no puede saber o decir nada sobre él.  Sólo puede saber que “lo experimenta”. (…) Sabe cuando ocurre. No les ocurre a todas”.
El “orgasmo vaginal” que Lacan asocia con este jouissance complementario “ha mantenido inviolada la oscuridad de su naturaleza”. Es de suponer que la mujer puede experimentarlo y conseguirlo sólo si permanece fuera de la función fálica y en la oscuridad.
Toda la obra lacaniana señala la represión de las mujeres dentro del discurso occidental y, por ello, en su opinión, dentro de la cultura y la misma conciencia. Lacan consigna a la mujer como ser femenino encarnado a una inexistencia absoluta en la cultura.
Su aparente hincapié en el género como construcción cultural parecería ser congruente con las ideas de muchas feministas. Sin embargo, en un nivel más profundo, su teoría,  aún más que la de Freud, oculta aspectos esenciales de la cultura de dominio masculino y su deconstrucción puede contribuir al análisis de la cultura patriarcal. Su planteamiento lingüístico hace a esas culturas equivalentes a la cultura como tal. El dominio masculino se vuelve inanalizable en la teoría e ineludible en la práctica. Desplaza el centro del análisis de las relaciones sociales y de poder a la estructura y efectos supuestamente universales/ahistóricos de la lógica del lenguaje. Al igual que Freud se desvía a la “biología” y los razonamientos biológicos para evitar “penetrar” más en el “gran enigma del sexo” que en un principio él mismo descubrió, Lacan despliega el “lenguaje” de modo similar y defensivo.
Para deconstruir las teorías lacanianas sobre el lenguaje, se requiere una teoría explícitamente política y sensible al género.
Desde una perspectiva feminista, parece que mucho del material oculto bajo la máscara cientificista de Lacan está relacionado con -o concierne a-  cuestiones de género.
En su obra (como en la de Freud), resulta especialmente predominante el oscurecimiento del deseo femenino y el temor, la negación y el desplazamiento del poder de las mujeres en la primera experiencia infantil.
Para comprobarlo, volvamos a las cuestiones planteadas antes. ¿Por qué la madre carece de falo? Si el falo existe puramente en lo simbólico, ¿por qué no puede al menos propagarse a través de ella? ¿Por qué es lo primero que desea la madre o cualquier otro? ¿Por qué es el falo un objeto de deseo tan poderoso pero oscuro en la teoría lacaniana? ¿Por qué significa “el Nombre del Padre y su ley”? ¿Puede todo esto tener algo que ver con el deseo del padre (del que Lacan casi nunca habla)?
Dentro del “orden fálico”, la madre/mujer debe llegar a desear un falo que ha de creer que les falta a ella y a todas las mujeres. Aunque Lacan afirma que tanto hombres como mujeres carecen de falo y están castrados (por el lenguaje), las consecuencias de esta carencia y deseo no parecen ser las mismas para ambos géneros. Parte del deseo de las mujeres se constituye y refleja su iniciación en las estructuras de parentesco de la cultura, en especial las del matrimonio heterosexual. Esta iniciación requiere que la mujer cambie su “libido” de su primer objeto (la madre) a uno masculino (padre/esposo).
Debido a que Lacan sostiene que la sexualidad toma su forma puramente en la subjetividad del Otro y su ley, no de la “naturaleza”, la heterosexualidad debe entenderse como un producto cultural. Así, el deseo de la mujer por Otro, que se inscribe en el lado de la masculinidad, tiene que ser una consecuencia y un producto de la ley significada por el falo y un sometimiento al deseo del otro (masculino). Una vez más, este Otro no es simplemente el lenguaje. Esta ley parece requerir que la mujer desee no sólo un falo, sino ser el “objeto” de deseo de un ser con un cuerpo con anatomía masculina.
“Todas” las mujeres deben enfrentarse a una “verdad” sobre el “misterio de la feminidad” o más allá de ésta: “Es válido para todas las mujeres, y por razones que se encuentran en la misma base de las formas más elementales de intercambio social (…) el problema fundamental de su condición es aceptarse como un objeto de deseo para el hombre”.
Así, la mujer no puede contentarse con el cuerpo de su madre o el propio. “El intercambio social” (no el lenguaje) estipula que, a diferencia del hombre, su deseo no puede quedarse en el campo de otra mujer. No ha de ser el objeto de deseo de la mujer. Ésta también puede llegar a desear que su hijo lleve el apellido del padre y no el suyo (es decir, que el niño tenga un padre “legal”).
“Mujer” y “hombre” aquí son las únicas posiciones en el lenguaje que una persona de cualquier género puede ocupar. Para que las afirmaciones lacanianas adquieran un sentido, tenemos que asumir que el “misterio de la feminidad” hace referencia a una condición compartida por las personas de anatomía femenina (las mujeres).
Lacan no aduce una explicación satisfactoria para todos estos notables desplazamientos del deseo femenino. Simplemente los atribuye a la naturaleza del deseo como tal. A su vez, utiliza su explicación del deseo femenino como un ejemplo y una prueba de la “verdad” de su misma teoría del deseo. Hace una serie de afirmaciones circulares e interdependientes: la cultura es un sistema simbólico; el parentesco es un sistema simbólico; el lenguaje es un sistema simbólico; de aquí que todos los sistemas simbólicos deban tener la misma estructura binaria. Si hay una serie de oposiciones binarias, debe haber alguna (falo/castración) que estructure a las otras.
En la teoría freudiana, la anatomía es el destino; los padres reales quieren que sus hijos y no sus hijas hereden y administren su ley y el(los) poder(es) que conlleva. A los hijos se les promete el acceso a las mujeres (esposas) y el poder sobre ellas cuando crezcan.
Freud enmascara el poder bajo la biología; Lacan afirma que todos somos prisioneros del lenguaje pero el pensamiento del fundador es más transparente y señala dinámicas más útiles para la teorización feminista que el de Lacan.
La misma teoría del lenguaje lacaniana es imprecisa. El lenguaje es mucho más significado que significante.
Al cambiar el terreno del psicoanálisis del desarrollo psico-sexual de las personas concretas a una teoría del lenguaje supuestamente “neutral” y universalista, Lacan oscurece más los orígenes sociales del género y las asimetrías de poder que origina. Una vez más, se afirma y oculta la autoridad del padre; su deseo se privilegia y protege.
No sólo se identifica a la mujer con el Otro, sino que se la relega a su ámbito, es la diferente, el cuerpo, el instinto, carece de falo, está castrada. Si estamos en nuestros cuerpos y disfrutamos de ellos, estamos a perpetuidad fuera de esta cultura y todas las posibles. A la mujer, en la teoría lacaniana, se la coloca en un doble aprieto. Se la acusa de introducir la “diferencia” en la experiencia humana. No obstante, como mujeres, no podemos hablar literalmente, no sabemos qué experimentamos y no podemos decir nada a los hombres (¿significantes?) que constituyen la cultura.
Ahora bien, en el marco de este repertorio de invisibilidad y especularidad  simbólica femenina, me resulta complejo poder decir ¿qué es una mujer?
Hemos visto que para ambos sexos hay un solo significante de referencia, que es el falo. La idea de que no hubiese un significante femenino es algo que escandalizó siempre a las feministas y están muy equivocadas si creen que es una ventaja para el hombre poseer el correspondiente real de ese significante.  Para Lacan era más bien, creo, una molestia. Esto hace al hombre, mucho más que a las mujeres, esclavo del deber y del superyó.
La mujer es, simplemente, un misterio a no ser develado.
Esto se marca, por ejemplo, en la diferencia entre el goce femenino y el goce masculino: su localización en el hombre y el sentimiento de infinitud en la mujer. No se puede decir que sea la mujer quien lo menciona -pues las mujeres se callan-, pero a los hombres siempre les ha atraído lo ilimitado del goce femenino. Tomemos por ejemplo el mito de Tiresias, quien quería saber cuál era el goce de la mujer. Obtuvo de Zeus el ser transformado en mujer;  Tiresias, el transexual.
Tiresias regresó diciendo que si había diez partes de goce en el mundo, nueve eran de la mujer y uno del hombre.
La mujer no existe, pero eso no impide que soñemos con ella.
Es precisamente porque no se la puede hallar en el nivel del significante, por lo que nunca se deja de fomentar su fantasma, nunca se deja de multiplicar su fotografía, no se termina de intentar aprehender la esencia de un ser con respecto al cual la tontería universal –que tiene algo de verdad- siempre dudó de que tuviese esencia. Esto puede llevar a su desvalorización pero desde otro ángulo me parece más bien un alivio no tener esencia. Y hace quizás a las mujeres mucho más interesantes que los hombres.
Mariana Cecilia Margo
Lic. en Psicología – M.P.: 1012

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